El Señor Jesús resucitó
- homeschoolascometa
- hace 7 días
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La Pascua constituye el núcleo de la fe cristiana, no solo como un acontecimiento histórico, sino como una experiencia espiritual que transforma la manera en que el ser humano comprende la vida, el sufrimiento y la esperanza. Afirmar que el Señor Jesús resucitó no es simplemente repetir una tradición, sino asumir una verdad que invita a la reflexión profunda sobre el sentido de la existencia.
En el evangelio según Juan se declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Esta afirmación no se limita a una promesa futura, sino que plantea una realidad presente: la posibilidad de una vida renovada. La resurrección, entonces, no es únicamente un hecho que ocurrió hace siglos, sino una invitación constante a renacer interiormente. Cada persona, enfrentada a sus propias dificultades, fracasos o dolores, tiene la oportunidad de levantarse, de reconstruirse y de encontrar un nuevo propósito.
Asimismo, el relato de Mateo enfatiza el asombro de las mujeres al encontrar el sepulcro vacío: “No está aquí, pues ha resucitado, como dijo” (Mateo 28:6). Este pasaje no solo confirma el cumplimiento de una promesa, sino que resalta la fidelidad divina. En un mundo donde muchas veces las palabras pierden valor, la resurrección reafirma que lo prometido por Dios se cumple. Esto invita a reflexionar sobre la confianza: creer implica esperar, incluso cuando las circunstancias parecen contradecir toda esperanza.
Por otro lado, el apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios escribe: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14). Aquí se evidencia la centralidad de la resurrección en la vida cristiana. Sin ella, la fe perdería su fundamento. Pero al mismo tiempo, este versículo impulsa a una fe activa, coherente, que no se quede en palabras, sino que se refleje en acciones concretas: en el amor al prójimo, en la justicia y en la capacidad de perdonar.
Desde esta perspectiva, la Pascua se convierte en un llamado a la transformación personal y comunitaria. No basta con recordar la resurrección; es necesario vivirla. Esto implica dejar atrás aquello que limita el crecimiento espiritual: el rencor, la indiferencia, el egoísmo. Así como Cristo venció la muerte, el ser humano está llamado a vencer sus propias “muertes” cotidianas, aquellas que se manifiestan en la desesperanza o en la falta de sentido.
En conclusión, decir que el Señor Jesús resucitó es afirmar que la vida tiene un horizonte nuevo, que la esperanza es posible y que cada final puede convertirse en un nuevo comienzo. La Pascua no solo celebra un hecho, sino que propone un camino: el de la renovación constante. En ese camino, cada persona está invitada a descubrir que, aun en medio de la oscuridad, siempre existe la posibilidad de la luz.

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